José Oyhamburu: “El bioquímico debe mostrarse como el consultor obligado que necesariamente es”

Academia Nacional de Farmacia y Bioquímica; referente institucional del COFyBCF

Miembro de la Academia Nacional de Farmacia y Bioquímica, José Oyhamburu analiza el recorte de incumbencias profesionales de las últimas décadas, el salto del laboratorio artesanal al automatizado, y el lugar que debe ocupar el bioquímico como consultor del diagnóstico frente al avance de la inteligencia artificial.

¿Cómo describiría el momento fundacional o más crítico que le tocó atravesar a la profesión en las últimas décadas?

Sin dudas, la intervención del establishment académico en el recorte inconsulto de las incumbencias profesionales de los bioquímicos, tal como figuraban en la Resolución 565/2004 del Ministerio de Educación, y la discrecionalidad de algunos ministerios de salud para el reconocimiento de profesiones laterales a la bioquímica, que sin dudas son subsidiarias de una profesión que cubre todas las necesidades básicas y especiales en diagnóstico clínico de laboratorio.

¿Qué diferencia a la bioquímica argentina actual de la que usted encontró al recibirse?

Ese antes y después salta como por sobre un abismo. Cuando recibí el título había que armar en cada laboratorio la totalidad de los reactivos necesarios para las pruebas. Con el tiempo aparecieron los reactivos preparados por la industria IVD; adquirirlos era visto entonces casi como un atentado al honor profesional. Hoy somos usuarios obligados no solo de esos reactivos, sino de una amplia colección de instrumental y del andamiaje informático necesario para la tarea analítica.

Un dato no menor: la dimensión de ese esfuerzo se hace evidente en el gran refuerzo de la gestión empresarial de los laboratorios, que incluye desarrollar bases de datos compartidas -una tarea monumental, pero fundamental para la historia de los pacientes y el
aseguramiento de la calidad-. La bioquímica sigue siendo la ciencia base de todos los hallazgos que operan en beneficio de nuestros semejantes; el mismo Leloir reconoció ese potencial, lo que lo llevó a ganar el Nobel de Química en 1970.

¿Cuál fue, a su criterio, la decisión o el cambio regulatorio más importante que tuvo que gestionar o acompañar en su carrera institucional?

No exactamente un cambio regulatorio, sino la adecuación de los laboratorios a operar dentro de estándares de calidad reconocidos. Esto marcó, y sigue marcando, una exigencia ineludible para que los resultados de nuestra tarea sean comparables en cualquier lugar donde un paciente sea atendido, en el país o en cualquier parte del mundo.

Con el avance de la automatización y la inteligencia artificial, ¿qué es lo que hoy define al bioquímico que antes no hacía falta tener?

Ha llegado el momento en que el bioquímico se muestre como el consultor obligado que necesariamente es, para proveer un diagnóstico preciso y en tiempo real que oriente la terapéutica o la prevención. De un laboratorio debe salir el conocimiento de la situación clínica de un paciente, más que la suma de números o textos que el médico analiza en un tiempo posanalítico no controlado, potencialmente tardío para la toma de decisiones.

Cada pedido de un médico es, en definitiva, una consulta a nosotros. Nuestro negocio es la información útil, en calidad y en tiempo -un tiempo distinto para cada paciente-. Los bioquímicos deberíamos recibirnos con un microscopio en nuestras alforjas, porque mucho depende de nuestra habilidad para desentrañar los mensajes que surgen del mundo microscópico. La IA será una herramienta de gran ayuda, pero hay mucho por trabajar todavía.

¿Qué rol cumplen publicaciones como Novedades Bioquímicas para mantener unido a un sector con tantas instituciones y colegios distintos?

Sin dudas, constituyen un foro abierto que debe ser aprovechado al máximo. NB ya es inseparable del paisaje que a diario caracteriza la vida de los bioquímicos. Depende de nosotros que no se desdibuje su esencia, que va en favor de nuestro esfuerzo profesional.