REFLEXIONES

POR RAQUEL OSATINSKY. Hace 64 años, un día 20 de mayo de 1957, me recibía de Bioquímica en la Universidad Nacional de Tucumán. Era la única UN que otorgaba ese título sin tener que cursar primero la carrera de Farmacia, mi matrícula otorgada por Salud Pública de la Provincia (no existían los Colegios) fue la N°161. Cuando decidí venir a Buenos Aires tuve que tramitar la certificación de título en el Ministerio del Interior y matricularme en Salud Pública de la Nación (N°1634). En el carnet que me otorgaron decía para ejercer Análisis Clínicos ¡!!!. Es decir era la bioquímica 1634 que estaba autorizada para ejercer; debo aclarar que en esos años los médicos podían ser Jefes de Laboratorio y/o ejercer nuestra profesión. Lo permitía la ley 17132 en el apartado que decía “de los Análisis Clínicos”.
La idea de mis padres era ponerme un laboratorio e inmediatamente comenzar a atender….no lograba que tanto ellos como muchos de mis colegas recién recibidos “comprendieran” que era necesario tener cierta práctica con el manejo de pacientes externos e internados en hospitales para observar en el “campo” como se desarrollan las distintas patologías. Además me interesaba no perder el contacto con la facultad, sobre todo con la cátedra de Química Biológica y la de Microbiología (donde se desarrollaban nuevas hipótesis de trabajos). Muchos consideraron una pérdida de tiempo….
Analizando mi situación personal y pensando en mi futuro como profesional decidí venir a Buenos Aires sin ningún contacto previo para ver si podía insertarme en algún lugar para trabajar y poder desarrollarme.
Llegue un 17 de abril de 1960; inmediatamente comencé a buscar cómo podría ingresar en algún hospital como profesional honoraria (en esa época existían ayudantías y practicas hospitalarias honorarias). Afortunadamente pude contactarme con el Instituto Municipal de Hematología, la Sala 18 del Hospital Ramos Mejía y me aceptaron como honoraria (previa prueba de conocimientos). Fue en junio de 1960 y el Jefe del Servicio era el Dr. Gregorio Bomchil. (Tenía 29 años)
Mi vida cambió tanto personal como profesionalmente. Adaptarme a un tipo de vida y de trabajo muy distinto al que se desarrollaba en las provincias. No fue fácil, sí muy intensa. Tuve que estudiar mucho dado que en la década del 60 los avances en toda el área de la salud tuvieron “una explosión”, se fueron desarrollando nuevas especialidades médica y bioquímicas. Comencé como bioquímica en el laboratorio de un servicio de hematología (era la única bioquímica con la ayuda de varios técnicos) y rodeada de médicos, algunos ya especialistas y otros que comenzaban la especialidad.
De ser una bioquímica sin ninguna experiencia me enfrenté con responsabilidades increíbles, acepté el reto y puse todo mi empeño para aprender teórica y prácticamente nuevas metodologías, a participar de ateneos clínicos, anátomo clínicos y bibliográficos.
Traté de conectarme con la Facultad de FyB de la UBA. Al ser de una Universidad del interior sentí las diferencias en el trato personal y profesional, el poco respeto con que me trataron que me dejaron “marcada”. Eran épocas de muchas diferencias entre los que se consideraban “académicos” y aquellos que desde el llano trabajábamos en los hospitales. Señalo esto porque cuando se crearon la Unidades Hospitalarias de la Facultad de Medicina y luego el sistema de Residencias Hospitalarias Médicas (las Residencias Bioquímicas fueron muy posteriores), el criterio comenzó a cambiar. Se escucharon y discutieron ambas partes aprendiendo a colaborar para una mejor formación de los profesionales de la salud.
Las asociaciones profesionales médicas y bioquímicas jugaron un papel muy importante organizando cursos de actualización y capacitación, simposios, congresos que eran muy concurridos. En lo que corresponde a la bioquímica, la Asociación Bioquímica Argentina tuvo un rol preponderante y lo sigue teniendo.
Siempre me pregunto porque a mis 90 años sigo trabajando en la especialidad en la que me desarrollé, porque sigo teniendo inquietud por conocer y entender los nuevos conceptos de manejo de los pacientes, el desarrollo de nuevos medicamentos para mejorar los tratamientos de las enfermedades malignas, la innovación en los equipamientos y formas de trabajo dentro del laboratorio.
Observo que las nuevas generaciones de profesionales están bien preparados teóricamente pero muy protocolizados en la interpretación de los resultados. Tienen un manejo muy desarrollado de los programas informáticos y estadísticos.
De acuerdo a la personalidad y actitud frente a los desafíos de la profesión están capacitados para resolver problemas que suelen presentar los equipos (previa capacitación para su manejo).
En los últimos 15 años trabajo en un laboratorio de alta complejidad al que derivan muestras de todo el país, y también de pacientes ambulatorios. Fue un gran desafío, tanto por mi edad como por mi formación. Procesar muestras, estudiarlas, interpretar los resultados sin tener o con muy pocos datos del paciente no es sencillo.
Me di cuenta entonces lo que significa tener los conocimientos actualizados, la mente abierta y sobre todo sentido común para evaluar los resultados obtenidos. La automatización ha facilitado el trabajo en los laboratorios, pero debemos tener presente que “las máquinas no piensan”, para eso están los profesionales.
Una sugerencia: siempre pensar en el paciente como un individuo único, valorar todos los parámetros bioquímicos y luego sacar conclusiones (no somos corazón, riñón, hígado, intestino u otro órgano en forma aislada). Saber escuchar al paciente y si hubiere algún profesional de la salud adulto mayor que opina, también escucharlo. La experiencia acumulada suele ser de gran ayuda en muchos casos, no subestimarla.
Si hoy me preguntan qué carrera hubiera seguido en el presente, no dudaría: BIOQUIMICA.